¿Las vidas cambian y se fortalecen?
Autor: Christian Camilo Maigual López
A pesar de haber recibido todas las atenciones básicas que un niño debe tener, siento que no las tuve. Mi niñez fue marcada por la falta de amor de mi madre y mi abuela hacia mí. Hasta el momento, puedo decir que no he escuchado de sus bocas un “te amo”, ni he recibido abrazos como lo suelen hacer las demás familias. Solo puedo decir que tiene las atenciones económicas y la dedicación que solo una madre soltera puede tener. Nunca pude entender el porqué de su forma de actuar frente a mí; solo me preguntaba: ¿Será que mi madre y mi abuela me aman? Después entendí el origen de esa falta de amor, porque a través de una catarsis y una serie de observaciones en mi familia, comprendí que esta historia se estaba repitiendo nuevamente en diferentes contextos.
Las vidas se tocan, unas con otras, y se pasan rasgos, comportamientos, entre otras cosas. Hasta ahora no he entendido por qué mi madre se ha comportado conmigo de una forma tan particular. Por eso, quise indagar sobre las formas de educación de ella para saber de qué manera su vida tocó a la mía. Actualmente se habla mucho de la violencia de género, pero las cosas no sólo existen cuando se empieza a hablar de ellas.
Carmela Patascoy, mi bisabuela, no le dio ningún tipo de afecto a mi abuela Rosa. Me resolvió la duda cuando, en una charla el 20 de abril en la tarde a la hora del café, me dijo: “Cuando era niña, pues yo me acuerdo que con mi mamá no me ‘enseñaba’, porque ella era muy grosera y me acababa de pegar con palos o lo que podía”, dijo Rosa. Según ella, no lo entendía. Por esta razón, siendo la primera hija de sus padres, abandonó su hogar por voluntad propia a los 6 años de edad y decidió trasladarse a la casa de sus abuelos paternos, Polonia Tutistar y José Patascoy, quienes vivían en el barrio Anganoy de la ciudad de Pasto. Puedo decir que mi abuela no recuerda más de ello, debe ser porque actualmente tiene 80 años.
Más adelante en la noche, cuando llegó mi madre de su trabajo, le pregunté con mucha cautela si se sentía amada por su madre. Ella me respondió: “Ella siempre ha sido así de fría con nuestros hermanos y conmigo, debe ser por todo lo que vivió desde niña y porque mi papá le pegaba”. Ahí entendí que nuestras vidas se parecían porque ese mismo pensamiento lo tengo sobre mi madre. Según la teoría de Fackle y Walker se puede decir que la transmisión de patrones de comportamiento, se ven afectados con hechos violencia y la falta de amor y como un proceso de comunicación intergeneracional. La teoría se centra en las relaciones intergeneracionales y se refiere a la influencia recíproca entre generaciones dentro de un grupo social o una sociedad. Esto significa que ciertos procesos familiares de comunicación se pueden transmitir y perpetuar el comportamiento o la comunicación no verbal y verbal. En el caso de mi familia, este proceso de comunicación se ha vivido de manera inconsciente y se ha manifestado en la comunicación no verbal. Por ejemplo, en mi caso, tampoco recibí amor y afecto por parte de mi madre porque estaba ocupada en su trabajo. Además, su estabilidad emocional no era la mejor en ese entonces. Según mi madre ella terminó su relación amorosa con mi papá porque no recibió la suficiente atención que una pareja debe tener, a pesar de que ella siempre tuvo la iniciativa de dar lo mejor para que la relación dure.
Al día siguiente, el domingo 21 de abril, tuve una charla con mi abuela durante el almuerzo. Le pregunté cuál fue ese hecho que marcó su pasado y ella me respondió: el matrimonio. Me contó que después de 3 años de casada con mi abuelo Harold López, él obtuvo su primer empleo como albañil en la Universidad de Nariño. Desde ahí comenzó un desencadenamiento de golpes hacia mi abuela y sus hijos. Según mi abuela Rosa, ella salía corriendo a medianoche porque su esposo Harold llegaba borracho. Ella se escondía en las ciénagas hasta que él se quedara dormido para poder regresar a su hogar, porque de lo contrario, él le pegaba a ella y a sus hijos.
– A veces me pedía la comida y yo pues le pasaba con lo que tenía y me la tiraba, pues quería comer con carne y como no tenía, me tiraba el plato en la cara, dijo mi abuelita Rosa.
Le pregunté por qué aguantó todo eso, y me dijo que lo hacía porque temía que la dejase sin nada, sin su casa. Entonces esa fue su solución; entendí que ella aceptaba esas agresiones porque su identidad se construye desde la crianza de su abuela Polonia. Eso influyó en la construcción de su realidad, debido a que desde muy pequeña fue criada para que fuese una buena ama de casa. Ella dice: “Yo me quedaba en la casa mientras ella (su abuela), se iba a cortar trigo. Me sabía dejar que cocinara y me enseñó a coser a mano, me decía que debía coser como las máquinas”.
Lo que vivieron mi abuela y mi madre en su crianza me llevaron a lo que Paul Ricoeur llama “identidad narrativa”, esa que se construye cuando adquirimos experiencia de lo vivido. Las historias que me contaron también hacen parte de mi vida, y de mi identidad. La realidad de mi familia ha sido marcada por la violencia, incluso, por la falta de amor, pero ahora mi identidad poco a poco se ha venido transformando.
El 22 de noviembre, mientras hacía catarsis e indagaba, recordé un cambio positivo en mi familia. Todo sucedió cuando a mi abuela le dio un derrame cerebral, lo cual impulsó a mi madre y a sus hermanos a mostrar su lado afectivo. Recordando cuando mi abuela regresó del hospital, todos ellos le dijeron por primera vez que la amaban, y le dieron besos y abrazos. Además, la comunicación entre ellas mejoró; mi abuela apoya y comprende cada proceso de vida de mi madre. Ellas tenían muchos problemas de comunicación, recuerdo que no se llevaban bien, porque mi abuela decía que mi madre no era su hija porque ella tenía la escritura de su propiedad. Hoy, mi madre agradece a mi abuela Rosa que su propiedad esté a su cargo, ya que si la hubiese tenido, tal vez se hubiese perdido por las deudas que en ese entonces la consumían. Desde ese suceso , mi realidad cambió, ya que mi madre Sonia no me daba el afecto que requiero, pero mejoró la comunicación conmigo y con mi abuela, porque al menos le cuento de mis problemas personales. Aunque el tema de la violencia de género por parte de mi madre Sonia y mi abuela Rosa persiste. Sonia, mi madre, ha tomado esta postura frente a lo dicho alguna vez por mi bisabuela Genoveva: “No vaya a esperar tanto de los hombres, que no me vaya a echar a morir, que una mujer puede salir adelante sola y que uno tiene que valorarse y hacerse respetar». Mi bisabuela Genoveva solía decir esto porque consideraba que los hombres no son responsables cuando son infieles a la hora de tener hijos, sino más bien esto ocasiona que tengan hijos con varias mujeres, por tal razón se debe tener cuidado de ellos. Por su parte, mi abuela Rosa opina que: “Una mujer puede salir adelante. Yo bien bruta no era de haberme casado”. Estas posturas reflejan una realidad que muchas mujeres continúan enfrentando. Sin embargo, es importante recordar que cada individuo es diferente y no todos los hombres se comportan de la manera que lo describe mi bisabuela Genoveva. Por otro lado, se puede decir que las experiencias de violencia de género que han tenido las mujeres han logrado procesos de resiliencia por medio de la fortaleza espiritual y las flores.